

Hay en Las Juntas, donde se funden los ríos Segura y Zumeta, un grueso tronco de pino erguido en honor a los serranos que fueron madereros. En él se lee la siguiente inscripción:
Durante muchos milenios nuestros hombres cortaron, condujeron, reflotaron, navegaron, tierra adentro, tierra afuera, barcas elementales de pino pino, de tronco tronco, sin velas ni artificio, sin remos, con el gancho de vara de avellano de doble punta como único timón, esparteñas tejidas y el corazón cosido en las costillas para que no saliera por la boca.
No eran personas de mundo chico, de ámbito mezquino, salieron al mundo que era quinientos kilómetros de río con sus carrteas y sus bestias, con sus mujeres y sus hijos, haciendo equilibrios en sus carabelas de troncos espumosos. Salieron al mar, llegaron a la desembocadura cerca del confín.
Serranos marineros. Quijotes madereros cabalgando en sus pinos fluviales.
Qué bien dicho queda, qué acertada brevedad, "... el corazón cosido en las costillas para que no saliera por la boca...". Creo, casi con toda seguridad, que de haber pasado por ese lugar en coche, no hubiera llegado con el ánimo ni el "tempo" para leer esa inscrpción con tranquilidad y sacar el cuaderno para copiarla. Pero el caso es que pasé por allí en bici por segunda vez, la primera con Tere, y fue un buen momento para quedarme con ella y para poder dejarla después por aquí. Es un texto realmente evocador de lo que pudo ser ese modo y esas condiciones de vida "sin velas ni artificios".
Pero vamos a empezar por el principio, que al lugar citado llegué en la mañana del tercer día de ruta. ¿Qué hacer con cuatro días libres por delante con una buena previsión meteorológica? La respuesta es bien sencilla: coger la bici, llenar las alforjas con algo más de lo imprescindible, olvidar algo de lo necesario y empezar a dar pausados pedales. De esa manera salí de La Alberquilla el jueves no muy temprano con la idea de terminar en el mismo lugar el domingo por la tarde pero sin saber bien por dónde pasear. Tenía en mente acercarme hasta Calasparra pasando por Bullas, pero al parar a almorzar en Zarzadilla de Totana eché un vistazo a los mapas y decidí marchar camino de Archivel; de momento. Di un buen rodeo al collado de La Selva, compensado por el encuentro con un grupo de muflonesdel Atlas enormes que huyó al verme después de pensárselo unos segundos, y llegué a Coy después de fracasar varias veces en el intento de localizar una pista que me podría llevar directamente hasta allí sin bajar casi hasta Avilés. Comí en la playa artificial, hablé con más de un lugareño y bromeé con la hermana de uno de mis alumnos. Después cogí la pista nueva que va hasta La Encarnación, y de ahí a Pinilla, Barranda y Archivel. En su fuente llené agua para cena y desayuno, y monté la tienda a la espalda de unos cortijos viejos. Hacía sol todavía cuando cayó del colchón enrollado la sorpresa de la que hablaba Tere en los mensajes anteriores...la mejor manera de terminar el día.
Por la mañana sonó un motor cerca de la tienda pero como no salí, igual que vino se fue. Almorcé en El Sabinar después de hacer una fotográfica parada en la Fuente Manilla y cruzar el impresionante Campo de San Juan. A partir de ahí circulé unos kilómetros por la ruta por la que discurre la Cicloturista de Moratalla camino de Nerpio. La abandoné cuando bajaba hacia el Embalse del Taibilla y cogí una carretera muy estrecha y encajonada a veces por altísimas paredes de piedra que me llevaría hasta Vizcable y La Dehesa, donde me hice un buen arroz con algo de queso, pimentón y ensalada en un pollete debajo de una buena sombra. Tenía dos formas de llegar a Yeste y cogí las más corta y menos transitada: una pista pedregosa y ancha que pasa por el Puente de Vicaria sobre el Embalse de la Fuensanta. Primer pinchazo. Cambio la cámara y sorpresa: también está pinchada. Arreglo y segunda sorpresa al cabo de unos kilómetros: el parche se ha doblado y escapa el aire. En Yeste, un gasolinero mayor muy amable y su amigo me vendieron una caja de parches y me confirmaron que desde Góntar, donde llegaría al día siguiente, se podía cruzar hasta Nerpio. Se hacía tarde y dejé la visita al río Tus para otro viaje, y me dirigí en divertida y veloz bajada a río Segura. Sabía que por el camino a La Donar encontraría un camping y allí paré, porque los lugares que encontré antes para poder acampar quedaban demasiado a la vista y porque me apetecía darme una ducha, aunque una de las cosas necesarias que había olvidado era la toalla. En recepción no había nadie y el del bar me dijo que acampara y que por la mañana pagaría. Al salir temprano no había ni el gato que me cobrara, así que dejé en la puerta una nota con mis datos y mi teléfono para que me llamaran y poder enviarles el dinero. Como todavía no me han llamado, me doy por invitado y les envío las gracias a los del camping Río Segura. La primera hora de cada jornada es siempre para mí la mejor. La luz, el fresco, la fruta sobre la bici; parece como si las pedaladas que uno da fueran la cuerda del reloj del mundo que se va atravesando. Todo se va poniendo en marcha a un ritmo lento y a la vez lleno de energía. ¡Qué diferente a cuando uno se levanta en su casa un día de trabajo cualquiera!
En Las Juntas me preparé un buen bocadillo de calamares en salsa americana "MIAU", sequé al sol tempranero el plástico que he colocado este viaje debajo de la tienda y disfruté leyendo la inscrpción que aparece al principio. Me esperaba una buena subida hasta Góntar y de ahí hasta Jutia, para bajar después a Pedro Andrés. Preciosaruta, para hacerla varias veces si no fuera por la dureza y el peso de las alforjas. Otro bocadillo y charla con unos paisanos muy agradables que recordaban a un alemán, Richard, que había llegado hasta allí desde Alemania en bici y se quedó trabajando en el pueblo unos cuatro meses. Tenía que llegar todavía al Puerto del Pinar, que sería el punto más alto de la ruta con 1600 metros. No sabía la altitud de Pedro Andrés y calculaba que hasta el cruce con la carretera que va de La Puebla a Santiago de la Espada quedarían uno 20 kilómetros, por lo que cómo sería ese trayecto era una completa incógnita. Resultó ser una carretera antigua y casi hecha para cicloviajeros, y a la que por lo visto sólo unos pocos coches se atreven a entrar porque en todo ese tramo me crucé o me adelantaron uno o ninguno. A lo largo del camino fui encontrando algunos cortijos y cortijadas, unos abandonados y otros recuperados, ya sea para seguir trabajando en ellos, ya para descansar los fines de semana y vacaciones. Llegó el cruce y los tres kilómetros que aún quedaban para el paso del Puerto del Pinar. Me dio mucha alegría llegar allí y justo al doblar la última curva me crucé con dos supermotos cargadas también con alforjas duras de las suyas y enfundados sus pilotos y copilotas en integrales monos de cuero negro. Les dije para mí: permitidme que me ría...La bajada hasta La Puebla fue por supuesto sin dar un pedal excepto en los dos tramos en que es imprescindible, y una vez allí, previo consejo de un señor y una señora muy simpáticos, me fui a un bar a beberme dos cervezas con su correspondiente tapa. De camino a Topares di con uno de los lugares que, a pesar de no ser nada del otro mundo, más me gustó del viaje: Bugéjar, un pequeño pueblo casi abandonado con un débil nacimiento de agua. Los frontales de sus casas agrietadas aún guardan los añiles que lucieron, y los verdes de algunas puertas y ventanas de madera le hacen a uno imaginarse cómo eran cuando por allí todavía tenían sus gentes motivos para seguir habitándolas.
Llegar a Topares es llegar al Bar Corralico. Es bar y es centro social del pueblo. En pocos lugares han sido tan amables como en Topares. La primera vez que fuimos Tere y yo, el alcalde, tibio ya de cervezas y cubalibres, nos dijo que estaba a nuestra disposición y que en el Ayuntamiento siempre habría un lugar para que los que viajan en bici pudieran dormir. En esta ocasión no me hizo falta porque Jose "Topares" me hizo hueco en su casa y disfruté de cama y colchón grueso. Temprano salí al día siguiente, a mí pesar el último, camino de Vélez Blanco y La Parroquia. Antes de llegar al más bonito de los dos Vélez un menudo perro marrón apareció a mi lado. Le dí una barrita que no comió, y recorrió varios kilómetros a mi lado. Llegó a fatigarse tanto que cuando le puse el bidón de agua la bebió a gallete sin parar, y con ese nombre se quedó, "Gallete". Hablé con el Muñoli, que andaba con la ruta de senderismo por el Castillo de Xiquena y pudimos coincidir justo cuando el grupo iba a montarse en en el autobús. Allí estaban Gabi Chumillas, Juanjo Vilar, Carlitos "el del Puerto" aunque es realidad es de Madrid, Bartolo el de las fotos, Manolico Pijomula,...Fue una alegría el encuentro y en algunas caras vi ganas de decidirse a dar una vuelta de esa manera en la que yo la iba dando. Quedan todos invitados.
Al igual que en la última salida, Tere venía desde Lorca al encuentro, pero esta vez con parada para comer unos buenos huevos con patatas en el Bar Aurora de La Parroquia. Así que terminé como terminara el otro viaje, en la mejor compañía a pesar de haber empezado solo...
Las fotos