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De La Alberquilla a Santiago...España en diagonal

domingo, 25 de noviembre del 2007 a las 03:21
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todo dicho

Sólo fue la casualidad la que nos hizo iniciar el pedaleo el pasado 18 de julio. Lo único que pretendimos celebrar ese día fue que llegaba el momento de subirnos por fin a las bicis y, sobre todo, que en ese mismo instante todos los miedos empezaban a perder la exagerada importancia que nos habíamos empeñado en darles. No salimos temprano, al menos no tan temprano como teníamos pensado, por lo tanto la cosa empezaba bien. Por un lado mi madre (escribe Miguel) nos despedía llena de temores, por otro mi tía Isabel, lo hacía deseando tener la posibilidad de venirse con nosotros. Ya en los veinte primeros metros nos llegaban los dos mensajes que nunca nos abandonaron durante el resto del viaje (y acaso de la vida): el de la prudencia y el de la osadía. Nosotros quisimos darle más peso al segundo y, mirándonos a los ojos en la primera curva, justo al final del seto de cipreses, nos dimos la mano seguros de que queríamos compartir ese viaje en bici hasta Santiago de Compostela.

No vamos a hacer una crónica-diario de cada jornada (eso ya lo ha hecho Tere con primor sobre papel), pero sí queremos dejar unas impresiones con la reconocida intención de animar a quienes todavía consideren posible subirse a una bici para recorrer solos o en compañía decenas, cientos o miles de kilómetros, a que lo hagan, y si ya lo hicieron, a que repitan. Nosotros repetiremos.

Al contar un viaje de este tipo siempre se mezclan en el relato los datos y las impresiones, los números y las vivencias. Es más habitual que nos pregunten cuántos kilómetros u horas hicimos al día o en total, que cómo nos sentimos o cómo nos relacionamos al estar tanto tiempo sobre las bicis. Es de agradecer a veces que esto sea así porque la respuesta siempre en más sencilla gracias a la rigidez e inmovilidad de las cifras, pero no nace decaboarabo para contar lo que un ciclocomputador, sino para compartir, aunque sólo sea con uno más que nosotros, el brillo de la anécdota, la unicidad de la vivencia  y la inefabilidad de la emoción. Esa primera curva nos anunció algo positivo y fue que fuera ya de los planes, fuera ya de la idea del viaje, éste empezaba a ser una realidad. Ya estábamos en la bici, ya llevaban las alforjas la ropa y la comida, los repuestos y los sacos, la tienda y la cocina. Y sobre todo nosotros, que en ese momento nos cogíamos la mano, tirando felices de todo aquello. Al menos yo, al llegar a Santiago, me acordaría de la primera curva.

Durante los días que siguieron jugamos mucho. Jugamos a recordar el nombre de las poblaciones que cruzábamos, a cantar y a cambiar las letras de las canciones utilizando esos nombres. Hablamos mucho y también callamos lo nuestro. Pedaleamos mucho uno al lado de la otra y también una delante y el otro detrás. Nos miramos en las sombras de nuestros perfiles en la carretera y nos cuidamos de no separarnos en exceso y de avisarnos cuando intuíamos algún riesgo, ya fuera por un coche, una curva cerrada o un trozo de camino con mucha tierra suelta. Paramos cuando el hambre, la sed, el paisaje o el antojo nos lo sugerían, porque el calor, que creíamos que provocaría muchas paradas, no apretó lo suficiente.

Nos llamó con fuerza la atención que, a pesar de ser un tópico, el tiempo sea percibido en función de lo que se hace. En bici, viajando en bici, el tiempo fue un aliado para nosotros porque no quisimos que los plazos, tan crueles en otras actividades, encontraran hueco en nuestro equipaje. Vale que fue una ilusión, vale que todo está sometido a su tiranía y vale que queda muy bonito decirlo, pero así fue. Nos dio igual hacer más que menos, dormir  aquí o allí, llegar antes o después; el único plazo era el final de las vacaciones y sabíamos que llevábamos holgura para que no nos condicionara. Sólo en alguna jornada Tere, al ir menos cansada, se sintió (creo) algo decepcionada cuando propuse parar antes del lugar que nos habíamos fijado ese día como final de etapa, ¡y eso que llevábamos ya seis horas y pico!

Cruzamos parte de Murcia, Albacete, Ciudad Real, Toledo, Madrid, Ávila, Salamanca, Zamora, Bragança y Orense. Atravesamos olivares, encinares, maizales, trigales, naranjales, limonares y barbechos. Dormimos en tienda, hostales, pensiones (no entendemos cómo se gasta la gente un dineral en hoteles) y albergues. Coches pocos, muy pocos, pueblos muchos con muchas personas mayores. En todos ellos, no exagero, la gente fue hospitalaria y nos hizo sentir bien. Se mostraron curiosos, miraron y preguntaron. En ninguno nos hicieron feo cuando pedimos información o una buena sombra para almorzar, incluso en los bares nos dejaron prepararnos la comida que no habíamos comprado en ellos. Después de este viaje la expresión "es de pueblo" ya no tiene sólo la connotación negativa de atrasado o anticuado, sino que nos trae otras palabras mucho más deseables, y añoradas a veces, como cercano, hospitalario o confiado. Y nos vienen caras a la mente, como las de los viejos del jardín de Socovos que nos indicaron para tomar agua de un caño que más parecía un avispero, y sobre todo como la de la tendera de Santiz, en Salamanca, que nos regaló pan de su casa y palabras llenas de la sabiduría que nace de la experiencia a veces dolorosa de un vida larga. Ese día comimos sobre sus palabras: "las personas sólo nos damos cuenta al final de que sólo nos queda el amor, querer y que nos quieran".

No sabemos bien cómo surgió la idea de hacer este viaje, pero sí sabemos que queremos darle las gracias a nuestro primo Juan Carlos, que dedicó una buena tarde para explicarnos la ruta que la Asociación Lorca-Santiago (www.lorcasantiago.com) ha venido haciendo desde el año 1994. Y a Juanjo Vilar que nos dejó un rutómetro elaborado por la misma asociación, el cual, aunque no lo seguimos, sí nos sirvió para saber cuando venían los tramos con mayor desnivel. Y a Juan Valverde que se ofreció para lo que necesitáramos y se interesó por nosotros durante el trayecto. Y por último a Kiko Jimeno, fisio y amigo, que trató con mimo mi rodilla izquierda y me ayudó a pedalear con menos preocupaciones aunque con un llamativo tape azul celeste cubriendo la rótula. 

A los cafres Bermas, Lozano, Perico Muñoli, Babuino, Fran y su zagal, y al Juanico.M.M, les dedicamos la llegada a la Plaza del Obradoiro, que nos recibió con lluvia (como debe ser) y con guiris de sandalia y paraguas.

Nos vamos diciendo que un viaje es un viaje aunque sólo nos lleve a la vuelta de la esquina. Un viaje es calzarse la intención de viajar y echarse al bolsillo o la alforja  algo más de lo necesario para lo previsto. Además, un viaje es cambiar de lugar para ganar todos los otros lugares que al encuentro nos quieran recibir...

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decaboarabo

decaboarabo escribió esta anotación hace 7 meses. En ella habla sobre Viajes En Bici.

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Comentarios

Estambul: ...y que sea lo que sea... (Juanjo Vilar)
Cuidaico por ahí y aprovechad cada pedalada disfrutando de vuestra gran aventura. Un abraz...(05 jul)
Estambul: ...y que sea lo que sea... (jesus rueda)
Hola Tere y Miguel, que envidia joder, pues nada, hacednos partícipes de vuestro viaje a t...(04 jul)
Estambul: ...y que sea lo que sea... (SALTOYMATA)
Mira que  hay  gente anade (pa tó) por el mundo ... Yo también "pateo"......(04 jul)
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